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ISBN 978-9917-0-7502-8

Roándome el Cielo

Autor:Castillo Jiménez, Manuel Alberto
Editorial:Castillo Jiménez, Manuel Alberto
Materia:Otros temas
Público objetivo:General
Publicado:2026-09-24
Número de edición:1
Número de páginas:72
Tamaño:25x33.8cm.
Precio:Bs 250
Encuadernación:Libro en otro formato
Soporte:Impreso
Idioma:Español
Disponibilidad:Disponible
Estatus en el Catálogo:Próxima aparición

Reseña

Roándome el cielo
Gabriel Mamani Magne

La Paz siempre dependerá del punto de vista: es inevitable. Una ciudad que se escala a sí misma jamás se repite dos veces. El asombro depende del cerro y del pedazo de hoyada que se expande ante los ojos.
Al menos eso es lo que nos han hecho creer.
La belleza de la ciudad está supeditada a las alturas, y quizá las fotografías de Roándome el cielo sean valiosas porque van a contramano de ese mandato: el lente escapa de la panorámica hipernítida y se instala en una verticalidad que, en clave fantasmal, muestra una La Paz cuya única aspiración es ser.
Como paceño, me es inevitable intentar encontrarme en sus fotos. Me busco como quien rastrea su país en un atlas para, más bien temprano, darme cuenta de que el libro es todo menos un mapa; es un mirar sin cartografiar, un movimiento intuitivo de interacciones orgánicas y emocionales. Las fotografías de este ensayo visual solo aspiran a ser, a hablar por sí mismas, a defender su derecho a desaparecer en su propio resplandor.
El lenguaje es la luz. O mejor dicho: el exceso de ella. Cuando el sobreexpuesto se lleva al límite tan deliberadamente, la luz ya no ilumina el paisaje, sino desvanece el detalle y la información de las texturas en una aparente batalla contra la postal colorida.
Un brillo fantasmagórico vacía el cielo paceño. El ojo de Manuel Castillo, así, está hecho de una pátina de claridad que aplasta los volúmenes y deforma eso que se supone que debe ser una ciudad. La luz deja de ser una herramienta para revelar la realidad y se transforma en un velo que, como una neblina de fuego blanco, muestra una La Paz cotidiana y al mismo tiempo nueva, una ciudad doblemente helada, de cielos borrados y gente (in)voluntariamente sombría.
Roándome el cielo muestra una La Paz saturada (lo cual no es ninguna primicia) y novedosa en la medida que el lenguaje con el que nombra lo cotidiano escapa de la nitidez a la que el paceño común está acostumbrado. Así, en este fotolibro, el Choqueyapu renace con un rumor helado y fantasmal, más cercano al agua de un videoclip de synth-pop (pienso en “Celestica” de Crystal Castles) que a un fotolibro de una ciudad altiplánica. El alma “dark” de la muchacha del puente de la Cervecería, punto que marca el inicio de la ruta hacia El Alto, te observa desde una oscuridad que solo podría ser visible gracias al exceso de brillo de la imagen: el chileno Castillo hace del sobreexpuesto una herramienta poderosa para quemar el fondo con la luz y, de esa forma, mostrar cosas que una imagen limpia escondería mafiosamente.
Este libro es producto de una residencia de un mes que el autor realizó en La Paz. Su espíritu itinerante se encadena con experiencias previas que abarcan desde Cuba hasta Francia, algo que da cuenta del espíritu movedizo de un autor que nunca es un turista ni tampoco un migrante, sino alguien que simplemente habita un espacio por un tiempo y, a partir de ello, construye un imaginario basado en la intuición.
“Creo en el poder de la imagen más que en el yo creador de la imagen”, dice Castillo en una entrevista. En Roándome el cielo, el yo y la imagen se separan gracias a una luz que bien podría ser leída como una línea divisoria o bien como una costura cuyo objetivo es acercar eso que las fronteras nacionales quieren mantener distantes. De ese modo, el cielo paceño, difuminado en un estallido resplandeciente, es secuestrado con una violencia pasiva en la que el “roar” escondido en el título suena más a un grito interno –el “grito en secreto inviolable” del que alguna vez habló Clarice Lispector– que a un rugido anglo y escandaloso.
Toda esa claridad, sin embargo, jamás evanesce la energía de una ciudad furiosa y en constante movimiento como La Paz. El rojo de la diablesa o del hombre de la fiesta salen ilesos en el juego resplandeciente de la sobreexposición: son recordatorios –o, más bien, dos aullidos que no se conforman con el grito interno– de que hay furores que no se pueden evitar. Al final, La Paz siempre será una ciudad caótica, fiestera y congestionada, más allá de los devaneos de cualquier exposímetro.
La selección de imágenes de Roándome el cielo, que van desde trabajadores desenredando un cableado hasta un Choqueyapu testigo de las piruetas de un joven invariablemente dark, son el registro de un deslumbramiento que fisura la realidad y convierte el cotidiano paceño en un sueño blanco que nace del destello de un fotógrafo que supo confiar en su olfato itinerante.

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