EL GATO QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR
| Autor: | OSAKI LLANOS, Jimmy |
Hay historias que comienzan con una gran noticia, con una decisión que cambia el rumbo de una familia o con un acontecimiento que nadie estaba preparado para enfrentar.
Esta comienza de una manera mucho más sencilla: con una familia que, como tantas otras, estaba aprendiendo a ser familia.
Cuando recibí este manuscrito, encontré en sus páginas mucho más que el relato de una niña y su crecimiento. Encontré la historia de unos padres que tuvieron que aprender a mirar de otra manera, de unas hermanas que descubrieron cómo acompañarse, de una familia que fue cambiando sus propias preguntas y, también, de una niña que poco a poco fue encontrando sus formas de comunicarse, aprender, crear y estar en el mundo.
Valeria es el centro de esta historia, pero no está sola en ella.
A su alrededor están Sofía, Alan, Daniela, Graciela, Lileth, los amigos, los familiares, los maestros y tantas personas que, de una u otra manera, fueron formando parte de su camino. Y también está Anticucho, ese gato que aparece en estas páginas sin grandes explicaciones y que termina ocupando un lugar especial en la historia.
Pero este libro no pretende ofrecer una fórmula para criar, educar o comprender a un hijo. Tampoco pretende hablar en nombre de todas las personas autistas ni convertir una experiencia familiar en una verdad universal.
Cuenta una historia particular.
Y precisamente por eso resulta tan valiosa.
Porque mientras seguimos a Valeria desde sus primeros años hasta la joven que llega a ser, también asistimos a la transformación de quienes la rodean. Aprendemos con ellos que acompañar no significa hacerlo todo por el otro; que proteger no siempre significa intervenir; que incluir no consiste simplemente en permitir que alguien esté presente; y que conocer un diagnóstico no significa conocer por completo a una persona.
En estas páginas hay momentos de preocupación, cansancio, dudas, frustraciones y decisiones difíciles. Pero también hay viajes, juegos, amistades, dibujos, cumpleaños, hermanas, caminos recorridos en familia y pequeños momentos que, vistos con el tiempo, adquieren un significado especial.
Como editora, mi tarea fue acompañar esta historia sin quitarle aquello que la hace propia. Corregir lo necesario, ordenar cuando hacía falta, cuidar las palabras y, sobre todo, respetar la voz de quien decidió contarla.
Porque hay textos que piden ser transformados y otros que piden ser escuchados.
Este pertenece a los segundos.
Al lector que ahora abre este libro le propongo algo muy sencillo: no busque únicamente las respuestas. Permítase acompañar las preguntas.
Pregúntese qué habría hecho usted ante aquella puerta que se cerraba. Qué habría pensado al escuchar determinadas palabras. Cuántas veces confundimos una dificultad con una incapacidad. Cuántas veces queremos enseñar a mirar al otro cuando, en realidad, somos nosotros quienes necesitamos cambiar la mirada.
Quizás ahí se encuentre una de las mayores riquezas de esta historia.
El gato que nos enseñó a mirar no es solamente un libro sobre el autismo. Es un libro sobre una familia que aprendió a conocerse mientras aprendía a acompañar a Valeria.
Y, sobre todo, es una invitación a mirar de nuevo.
A mirar con menos miedo.
A mirar sin apresurarnos a juzgar.
A mirar para comprender.
Porque, algunas veces, cuando creemos que estamos enseñando a alguien a encontrar su lugar en el mundo, descubrimos que era nuestra propia mirada la que necesitaba encontrar un lugar nuevo.